El Cadejo Ojos de Ocote

El Cadejo

Una noche con mucho viento

El viento comenzó a soplar, la casita de paja soportaba bien los cambios de clima, de pronto, Concepción tuvo ganas de ir al baño (una llamada que puede incomodar cuando ya estás acostado), “Papa, quiero ir a orinar” dijo la niña, “Agarrá una tu raja de ocote, lo prendés del fuego y te apurás porque la noche está muy fría” contestó el padre de la niña, esa noche la vida de Concepción cambiaría al conocer al Cadejo.

Concepción tomó una raja de ocote de aproximadamente 50 centímetros, la colocó entre los moribundos carbones, sopló y una pequeña llama nació de entre las cenizas, ya con la improvisada antorcha en mano abrió la puerta y justo cuando salía volteó a ver a su mamá y con su tierno rostro lleno de miedo le preguntó: “Mama, ¿me acompañas?”, a lo que la comprensiva madre respondió: “Pa que tomás tanta agua del jarro pues, yo ya me enchamarré, apúrate mejor”.

Ocote prendido en fuego

Sin consuelo la niña abrió la puerta de paja y cañas y avanzó entre la oscuridad bajo un cielo sin luna, caminó a un lado del maizal el cual era mecido por un ligero viento, luego siguió hasta llegar a los chiriviscos, un poco antes del caminito que llegaba hasta un sencillo alambrado, la niña se puso la raja de ocote en la boca, se acomodó y comenzó a orinar, luego tomó el ocote con la mano izquierda y con la derecha cuidaba de que el viento no apagara la llama, un pequeño hilo de humo llegaba a sus ojos provocando un ardor que fue más molesto cuando restregó con sus dedos sus bellos ojitos.

Habiendo terminado, se arregló, se tomó un momento para ver el cielo, contempló estrellas que ahora ya no se pueden apreciar, por un momento el viento cesó al inicio del recorrido de regreso hacia su rancho de paja, la niña confiada jugaba con la pequeña llama haciendo círculos en el aire con la raja, pero como suele suceder, una ráfaga de viento apareció de la nada y apagó su más que improvisada antorcha.

El fuego se apagaba y la niña seguía su camino

El encuentro con el Cadejo

Oscuridad, desorientación, miedo, todo en un segundo, luego de un suspiro y un trago de saliva sus ojos se aclimatan a lo oscuro, la niña entonces reconoce el camino y nota hacia dónde ir, se apresuraba hacia su hogar mientras soplaba en vano el ocote, la brea había apagado y cubierto ya la pequeña braza que había en la raja, luego hábilmente cruzó el camino como lo puede hacer una niña de campo de 13 años, pero al estar a 15 metros de la puerta, Concepción escucha ruidos a su izquierda, entre el maizal algo anda, la niña casi grita, pero sabe que si enoja con esto a sus padres la reprenderán, así que deja tirada la raja y llega velozmente hasta la puerta.

Ahí se sintió más segura, suspiró para no entrar tan alterada, la muchacha pensó que tal vez lo que andaba ágilmente entre el maizal pudo haber sido un gato, un pizote, o bien un tacuazín, una sonrisa se dibujó en su rostro, pero antes de entrar Concepción voltea a ver el camino recorrido y para su sorpresa, a 15 metros una llamita de ocote humea, al parecer la braza volvió a arder, al principio tuvo la intención de ir a traerla, pero el viento sopla de nuevo y se arrepiente.

Justo antes de girar y entrar al rancho, nota que no es una llamita la que humea a lo lejos, son dos brazas, la niña pensó entonces: “Será posible que tanto sople que dos llamas prendieron en la raja”, de pronto una llama se apaga y enseguida vuelve a prenderse, luego la otra llama hace lo mismo, luego las dos se apagan y encienden, la niña inmóvil nota que las dos llamas danzando lentamente en el aire se le acercan, y no es que se apaguen y enciendan, las brazas están a 10 metros ella, entonces notó un bulto alto, y se dio cuenta de que las brazas eran ojos que parpadeaban mientras la observaban.

El encuentro con el cadejo

De pronto la niña siente una mano en el hombro, pega un grito y en el momento una voz le dice: “Vos patoja, por qué te tardás tanto, que se me hace que no solo ibas a miar, entrate que ya fregaste mucho” , Concepción reconoce a su padre y le dice: “Pero papa, mirá lo que mi viene siguiendo”, con la mano le indica al padre el lugar, pero no hay nada, a la pobre niña la regañan y la mandan a dormir con sus otros hermanos, la niña se sintió más segura al lado de sus hermanitos, pero le costó un poco conciliar el sueño.

Al canto del gallo las familias como todos los días empiezan la faena, Cobán en aquel entonces no era tan grande y pavimentado como lo es hoy en día, no me mal interpreten, siempre era bello y muy colorido, simplemente no habían tantas estructuras formales como ahora, los ranchos de paja eran la edificación preferida por algunos habitantes ya que mantenían un clima regular sin importar la época del año.

Cerca del medio día en el mercado algunas personas comentaban sobre la aparición nocturna de un ser misterioso, doña Tina: “Fíjese doña Tuna que mijo el Juan veniya de trabajar ayer cuando ese condenado chucho lo siguió hasta cerquita de la casa”, doña Tuna: “¡Virgen Santa de todas las potencias del universo!”, y continuó: “No será que lo que siguió a su patojo es ese al que le llaman el cabejo”, doña Tina: “No doña Tuna se dice Cadejo, Cadejo”,

Doña Tuna: “Pues ese mismo el que sigue a los bolos pues, y que espera que se queden dormidos los hombres bien a pichinga pa que se mueran ebrios para que así su alma se la lleve el chamuco al meritito infierno”, doña Tina santiguándose: “¡Santo Jesús de las tres caídas y del huerto florido!, no me diga eso, yo sé que a mi Juan le gusta echarse un su boj a veces pero no es para tanto”.

Bebida ancestral

Concepción junto a su madre escuchaban la plática mientras compraban hojas de mashan para hacer tamalitos, de pronto la niña le dice a su madre: “Mama, ¿No será que lo qui vi anoche era el cadejo ese?”, a lo que su madre le contestó: “Já, persignate la boca patoja, ni Dios lo quiera, ese es el mero chamuco, lo güeno es que solo jode a los bolos”, luego la madre se queda pensando y dice: “Apurate y carga con las hojas, que se me olvidó comprar un poquito de guaro de boj para tu tata”, la niña cargó con un par de manojos de hojas y caminó a la par de su madre en busca de ese elixir de los dioses.

Muy cerca de ahí se llevaba a cabo otra escena, había un poco de barullo entre un grupo de muchachos que anduvieron la noche anterior molestando en el pueblo, Pablo con muchos tragos en la cabeza decía: “Como sos de pura lata vos Víctor, vos sabías lo que yo siento por la Karla, sabías que yo iba a pedir su permiso de sus tatas para yo ser su novio formal”, Víctor: “No vos Pablo, ella jue la qui me buscó, ella solita me llegó de noche, después de la feria caminó conmigo y pos ni modo, uno es hombre”

Pablo: “Pero vos sos mi amigo, a vos ti conté que le había comprado un su vestido blanco, ella misma me lo mostró en el mercado y yo de burro se lo compré y se lo regalé para que saliera conmigo”, Víctor: “Si, ese vestido andaba puesto anoche, pero no lo tuvo puesto mucho tiempo”, al decir esto algunos soltaron una gran carcajada y felicitaban con ademanes al conquistador.

Entonces Josué callando a todos dijo: “No muchá, aunque sabemos que el Víctor es güeno pa las traidas esta vez si se pasó al “usar” a la Karla, todos sabemos que es patoja de güena familia y también de que el Pablo la estaba enamorando”, al escuchar esto a algunos les entró la pena y a otros la indiferencia, pero todos sabían muy bien que Pablo y Karla andaban hace tiempo de enamorados, por lo que no se explicaban como la patoja le hizo caso a Víctor, muchacho que gustaba de enamorar patojas y de tener relaciones con ellas para después dejarlas como si nada, o como decían en ese lugar en ese entonces las “usaba” para después desecharlas.

Lo que no sabia Víctor es que Pablo en su bolencia llevaba un cuchillo para matarlo, el pobre muchacho pensaba que esa era la única forma de salvar la dignidad de Karla antes de que el chisme llegara hasta oídos de la familia de ella así como la desgracia de que en esa familia hubiera una patoja “usada” por un muchacho del pueblo.

De pronto con el tambaleo y torpeza del caso Pablo sacó el cuchillo y quiso lanzarse sobre Víctor, pero lo único que logró fue caer de espalda en el suelo, Víctor inmediatamente le quitó el cuchillo a Pablo y lanzando un filazo hizo una herida a lo horizontal en el pecho del pobre Pablo diciendo: “Solo porque juiste mi amigo no te mato”, lógicamente algunos muchachos agarraron a Víctor que andaba sobrio a diferencia de Pablo y lo desarmaron, de pronto una muchedumbre se acercó por lo que el grupo de muchachos se separó en dos, unos llevaron a curar a Pablo y otros protegieron a Víctor temiendo que algún otro de los compañeros saliera en defensa de Pablo, los que iban con Víctor le alababan diciendo: “Puta vos Víctor, no solo sos güeno pa las traidas, también sos el mejor para los pijazos”, típica acción de imbéciles que siguen al imbécil mayor, Víctor solo se reía de su hazaña y de su logro mientras les contaba a sus morbosos amigos sus hazañas la noche anterior con Karla.

Concepción y su madre ya iban de regreso a su hogar cuando se encontraron en una esquina con el grupo que iba con Víctor, Concepción a pesar de ser aún una niña llamó la atención del truhán de Víctor el cual al notar que la niña ya iba creciendo y que era muy bonita detuvo al grupo para que pasaran la muchacha y su madre, ellas sin detenerse agradecieron el gesto, pero no habían avanzado ni dos metros cuando el líder del grupo dijo: “Ay mi cuida a la niña suegrita, vea que pronto llegaré poray a visitarlos”, a lo que la madre de la patoja contestó: “Ni Dios lo quiera, mi muchacha es gente decente, mejor ni pensés en molestar”, los muchachos rieron de la ocurrencia de la dama, se imaginaban que era una broma de su líder, pero no, Víctor realmente se sintió atraído por la niña, no dejaba de sonreír maquinando en su cabeza la forma de poder llamar la atención de Concepción”.

El tiempo avanzaba y Concepción cada día se ponía más bonita, cuando cumplió 15 años, la claridad, belleza e inocencia de sus ojos no pasaban por alto en el interés de los muchachos del pueblo, algunos se animaron a cortejarla pero la muchacha no estaba interesada en establecer ninguna relación, estaba tan concentrada en ayudar en su casa que casi no se apartaba de su familia, solo en las noches en que le ganaban los deseos de ir al baño era cuando más tiempo pasaba lejos de algún familiar, a veces, habían noches en que salía por esta necesidad y creía escuchar que algo andaba cerca, por momentos aparecían los ojos de ocote entre el monte o la milpa los que en un parpadeo desaparecían.

La muchacha se dio cuenta de que lo que fuere que la siguiera en algunas noches, no la molestaba, no le hacía daño, es más, parecía que le hacía compañía, tanto se acostumbró a esa presencia la niña que a veces no hacía caso de ningún ruido, porque sabía que era “él” que la acompañaba, algunas veces la muchacha se convenció de que era algún chucho grande el que se metía al terreno de su casa por las noches, buscando tortilla o desperdicio, ella también sabía que a algunos animales como a los perros los ojos les brillan por las noches, lo único que no se podía explicar, era el humo que salía de los ojos de este animal.

Sus ojos, alumbrados por dos fuegos

Una noche a principios de noviembre, la muchacha ya acostumbrada a la compañía de este “animal”, salió como lo hacía en algunas noches, sin miedo, sin preocupación, con la gran raja de ocote iluminando el camino, al pasar la milpa de nuevo como siempre se inclinó a hacer su necesidad, cuando de pronto escuchó el acostumbrado ruido que hacía el visitante cuando ella andaba por ahí de noche, la niña al escuchar que éste andaba muy a la orilla de la milpa sabía que pronto vería a lo lejos el bulto oscuro del supuesto chucho, entonces, muy confiada empezó a llamarlo para que saliera al camino que iba a su casa, la niña le llamaba diciendo: “Psst psst, psst psssst, chucho, chucho, chuchito”, pero nada se asomaba, solo la milpa se mecía por el viento nocturno, Concepción seguía y decía: “Salí chuchito, te gua dar un tu tortilla si me acompañas en el camino, psst, pssst, ppppssssssst”.

Como no recibió respuesta caminó de regreso al rancho molestando al “perro” que la acompañaba al otro lado del maizal: “Mmmm si pues, chucho baboso, ni ti imaginás que rica la tortilla que te iba a dar” y molestando agregó: “Hasta en el boj de mi tata la iba yo a remojar pa dártela”, en ese momento recibió una respuesta, un ruido, un sonido visceral, como un gutural, como un gruñido, la patoja a 10 metros en la puerta de su rancho se quedó inmóvil, alumbró con su ocote, y vio, que justo a la orilla del camino, había entre la milpa a tres metros de ella, casi visible, un gran perro, casi tan alto como un novillo joven, pero muy flaco de las patas, la niña por un momento pensó que eso era, un novillo, porque vio algo parecido a unos cuernos, luego de nuevo vio los incandescentes ojos que parpadeaban y la veían, sin embargo a pesar de la impresión no tuvo miedo, pero no le dio la espalda al gran animal, y así entró a su casa, desde el maizal ésto le gruñó, pero no fue un gruñido de amenaza, más bien ella lo sintió como un “Y mi tortilla”.

Cada noche que la niña salía era lo mismo, el “animal” comenzó a tenerle más confianza, incluso la niña corría parte del trayecto a su casa para que “el chucho” hiciera lo mismo entre el maizal y el monte, luego se detenía de golpe y se reía cuando el animal seguía de largo, este le gruñía como reclamándole la broma, hubieron noches que la niña sin necesidad de ir al baño salía y hacía el recorrido sólo con tal de jugar con él.

El granuja de Víctor cada vez se encaprichaba más con Concepción, incluso hasta los muchachos de su pandilla le aconsejaban que no fuera a molestar a una niña como ella, de familia decente, con padres muy delicados y muy bien cuidada, pero a éste no le importaba nada; como la joven nunca andaba sola, Víctor tenía que conformarse con dar las buenas tardes sin que ésta le contestara, varias fueron las veces en que este tipo trató de pedir permiso a algún familiar de la patoja para poderla visitar, pero la respuesta de la familia fue siempre la misma: “NO”.

Pero el embustero empezó a ganarse a uno de los primos pequeños de Concepción, regalándole pedacitos de panela cuando lo miraba jugar en la calle, por más que Víctor trataba de sacarle información al infante de en qué momento la muchacha se encontraba sola no recibía la respuesta que él quería, el niño siempre decía la verdad, la niña nunca andaba sola.

Víctor casi desistía hasta que en una tarde el primito de Concepción dijo sin malicia: “Que necio sos vos, la Concepción nunca anda sola, solo a veces en la noche cuando sale a miar es que no la andan cuidando”, luego de hacer este comentario el niño siguió jugando como si nada, en su inocencia no sabía lo que acababa de hacer.

Un filo en los ojos del degenerado acompañó a la sonrisa siniestra que se dibujó en sus labios, la maldad se hizo presente golpeando en el pecho del infame que había hecho tanto mal al “usar” algunas patojas del pueblo, patojas que fueron alcoholizadas o sedadas por este infame, que después las lucía en sus charlas morbosas con sus amigos, ninguna de las pobres muchachas sabía que decir o hacer, ya que no recordaban nada, incluso algunas fueron echadas de sus casas y tuvieron que hacer vida en otros pueblos.

Víctor desde ese día comenzó a rondar el cerco de la casa de Concepción, esperando la oportunidad de poderse meter cuando la niña saliera por la noche y cometer su fechoría.

Por gracia de la providencia, la niña salía justo cuando Víctor desistía de esperar, o bien, cuando luego de rondar iba a echarse un guaro para luego regresar la muchacha salía y entraba a su casa, a veces Víctor velaba toda la noche, pero justo en esos días la niña no salía, como por magia se dormía más temprano.

Concepción (que no imaginaba lo que pasaba) estaba algo triste, porque su “chuchito” no había aparecido en varias noches, lo llamaba, le llevaba tortilla pero nada, su amigo parecía haberse ido.

Víctor cada vez estaba más loco, desesperado, irritado, no había forma de concretar su mal, no dormía bien por andar velando a la joven, luego de una semana de vela sin dormir dejó pasar 3 días, pensaba en molestar a otras patojas, pero no, en su sucio corazón sólo había lugar para hacer una última fechoría, la mayor, la más grande, realmente con toda la saña del mundo quería poseer y usar a Concepción.

Así que decididamente iba a velar todo el tiempo que fuera necesario para darse gusto, no importaba que no durmiera el resto de su vida, pasaría todas las noches que fueran necesarias hasta que la niña saliera.

Luego de velar por más de 5 días la paciencia de Víctor fue premiada, eso según él, el granuja se animó y cruzó el cerco quedando justo en medio del maizal, escuchó voces cerca de la madrugada dentro del rancho de paja, luego comenzó a temblar cuando vio una silueta salir de la casa, y no le fue fácil controlarse cuando la luz de una llama de ocote iluminó el bello rostro de su víctima.

La noche era húmeda y fría, noche de luna llena que por momentos se ocultaba entre nubes grises, luna que blanqueaba los techos de las casitas, las copas de los árboles y los brotes de las milpas, y que de pronto al interponerse las nubes, dejaba todo en absoluta oscuridad.

Noche de luna lleva

Ahí venía la niña, caminando, buscando un lugarcito, Víctor no se explicaba por qué la niña caminaba con tanta confianza.

Víctor la seguía paso a paso, tratando de no hacer ruido, pero a pesar de la cautela, éste tropezó, la niña se dio cuenta, pero pensando de que era su amigo el chuchito siguió caminando tranquilamente, el malvado joven pensó que la suerte lo acompañaba esa noche, luego esperó, poco a poco se empezó a acercar, poco a poco se aproximó hasta poder notar que la niña estaba sentada, con una mano sostenía un largo ocote y con la otra lo tapaba por el chipi chipi que acababa de comenzar a caer.

Entonces el desgraciado suspiró profundamente y le salió en frente a la niña, ahí estaba el truhán, a 5 metros o menos de Concepción, su habilidad como degenerado le dio confianza, sabía que con su rapidez no dejaría a la niña ni gritar en lo que la amordazaba y la usaba, pobre Concepción, en menos de un segundo notó su desgracia, a respirar iba para gritar pero ya Víctor iba sobre ella.

Por un momento la niña experimentó algo extraño, parecía que las diminutas gotas de agua que caían se habían detenido, respiraba para poder gritar, pero extrañamente todo se movía muy pero muy lento, le daba miedo la forma en que los ojos de su atacante la miraban, pero de pronto, ligero y veloz, un ser se interpuso entre ellos, Concepción pudo ver en todo su esplendor a su amigo de juegos nocturnos, su chucho, que salía de entre el alto chirivisco viéndola para después interponerse ante su atacante, era más alto que un toro, delgado, de color negro, con pelo de oveja en mechones, algunos tan largos que rozaban la tierra, patas largas que terminaban en cascos, orejas de coyote, largos cuernos retorcidos, ojos rojos que humeaban más aún cuando las pequeñas gotas del chipi chipi los tocaban, y justo antes de voltear a ver a Víctor, El Cadejo le sonrió a su amiga, era una sonrisa casi humana en un gran hocico, dejando caer brazas incandescentes que descendían de su lengua y que iluminaban colmillos largos y afilados.

Víctor se topó con una pata del enorme animal que lo volteo a ver, El Cadejo no ladra, emite sonidos muy extraños, algunos parecidos a gruñidos, a veces roncos, a veces muy agudos y chillantes, tanto que te pueden aturdir, el desgraciado de Víctor quiso salir corriendo, pero antes de que avanzara tres metros El Cadejo ligeramente lo tumbó, otra característica del ataque de este ser.

Ahí estaba el abusivo, tirado sin poder hacer nada, el gran hocico de El Cadejo dejó caer algunas brazas en la boca de Víctor, Concepción no podía ni moverse, pero notó que las gotas del chipi chipi volvían a caer normalmente en su rostro, la patoja observó como Víctor se puso en pie, de pronto el Cadejo se adentró entre la milpa siendo seguido por el malvado que quiso abusar de esta niña.

Por fin la muchacha pudo gritar, su padre velozmente tomó un machete, el hermano mayor de la niña hizo lo mismo, cuando estos encontraron a la muchacha estaba pálida y helada, atrás de ellos salió la madre de la patoja, la niña comenzó a decirle a sus padres de que Víctor había intentado usarla, pero que su chucho la había ayudado, los padres comenzaron a hablar entre ellos, no entendían lo del chucho cuando de repente el grito de un hombre se escuchó entre la milpa, entonces la madre de la niña empezó a registrarla para ver si no le había pasado nada mientras que el padre y el hermano mayor de ella salieron detrás del grito, al salir del cerco vieron como Víctor corría detrás de un bulto con dirección a un pequeño río cercano.

Muchos vieron esa noche a Víctor correr detrás de un ser extraño, muchos se ocultaron, algunos vieron bajar al muchacho con dirección al río, de pronto todo se quedó en silencio, y de repente de la nada se empezaron a escuchar los alaridos del patojo, gritaba, pedía ayuda, lloraba, entonces, llegaron el padre y el hermano mayor de Concepción al lugar, donde notaron a dos de los amigos de Víctor que temblaban mientras miraban hacia el lugar de los gritos.

Al llegar los perseguidores a la par de los amigos del maleante, pudieron observar como Víctor estaba siendo “usado” por esa bestia, ya con el miedo todos salieron corriendo, incluso algunas personas que llegaron segundos después para presenciar este hecho.

Al día siguiente casi nadie salió de su casa, sólo por alguna gran necesidad alguno puso pie en la calle, en la madrugada de la siguiente noche volvieron a escuchar al muchacho que venía gritando por las calles, decía que las entrañas se le quemaban, que le ardía la sangre, que todo le dolía, pero nadie tuvo el valor de ayudarlo.

Una semana después los amigos de Víctor y algunos de sus familiares lo fueron a buscar, luego de mucho caminar lo encontraron río abajo, desnudo, tieso, parecía casi momificado y apestaba a excremento.

Días después de estos acontecimientos la familia de Concepción pensó que era mejor para sus hijos que se vinieran a la capital, así que gran parte de su familia emigró.

Concepción tuvo la amabilidad de contarme esta historia, también alguna más de su familia, en lo personal nunca había escuchado hablar de sucesos como estos donde se viera involucrado El Cadejo, pero aunque parezca horrible, una persona muy mala tuvo su merecido y una joven inocente pudo hacer una vida normal.

Investigación, historia y narración: Fernando Andrade Mazariegos (Todos los derechos reservados Guatemala septiembre 2018)

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