Prenda, vela o hueso

Prenda vela o hueso

Hace ya muchos años, en uno de los bellos departamentos de occidente donde en los meses de fin de año el frío es más rico y se vuelan barriletes, la gran familia de Tomás se disponía a salir para pasar una tarde de domingo volando de esos barriletes a los que llaman “Coronas”. En este escenario se desarrolló la siguiente historia paranormal, Prenda, Vela o Hueso.

Estos son artefactos hechos con varillas de cola de coyote, de carrizo o de coco y forrados con papel de china con diferentes secciones que tienen la peculiaridad de tener flecos en toda la orilla, haciéndolos ver muy bonitos y graciosos.

La tarde paso de lo más normal, volaron cerca de 10 barriletes de los cuales 3 se liberaron reventando el hilo gracias a los fuertes vientos y otros 4 porque sus voladores andaban más atentos a la molestadera que armaban siempre que se reunían que a cuidar de dichos artefactos.

La pelea entre los niños por ver quienes se quedarían con los 3 barriletes restantes fue interrumpida por doña Tomaza, abuela y matriarca de la familia, dama que con sabiduría salomónica decidió que uno de estos barriletes iba a quedar entre sus nietos que volvían a la capital, otro entre sus nietos que regresaban a la costa y otro entre los 3 nietos que vivían con ella.

Tomás junto a su primo Lencho y su prima Mildred se quedaron muy tristes esa tarde, ver marchar a sus primos en sus respectivos vehículos era muy duro, la gran casa de doña Tomaza se miraba aún más grande al ver ese mundo de gente marcharse.

Tomás, Lencho y Mildred ya eran adolescentes, siendo Mildred la más grande teniendo como edad 15 años, Tomas y Lencho tendrían en aquel entonces 13 años, los tres eran hijos de los 3 hijos más grandes de doña Tomaza, estos muchachos eran sus ojos, cosa que era lógica, porque vivían con ella, los padres de Tomás y Lencho trabajaban en el Norte, allá por los yunais decía doña Tomaza, la única de los 12 hijos que la dama había dado a luz y que vivía con ella era Marlene, madre de Mildred.

Los tres patojos eran muy aplicados, muy buenos para los estudios y muy amables, doña Tomaza solo tenía que lidiar de vez en cuando con la curiosidad de Tomás, el pobre patojo era bien metido en asuntos que no le correspondían o como decimos acá en Guatemala, era bien “shute”.

Era tan shute al punto de que ya un par de veces habían llegado a reclamarle los vecinos a doña Tomaza porque su consentido andaba metido donde no debía, pobre doña Tomaza, cuanto no le rogaba a su Tomás de que no anduviera donde no lo llamaban.

Ese fin de año fue un poco inusual, con el pasar de los días del mes de noviembre el frío se incrementaba demasiado, y todas las tardes el pueblo se llenaba de una densa neblina que se mantenía hasta el anochecer, luego desaparecía y volvía de nuevo en la madrugada.

En aquellos tiempos era muy raro ver a personas en la calle después de puesto el sol, solo aquellos que por su trabajo salían tarde pasaban luego de las 8 de la noche caminando entre piedras y tierra provocando un sonido con sus pasos que hacían eco en los callejones del lugar, y como todo estaba en silencio era fácil detectar cuando alguien andaba rondando.

Cerca de las 8 de la noche se escuchaban los pasos pesados y casi arrastrados de una persona, entonces doña Tomaza agudizaba la oreja y decía: “Ahí va ya don Justo, menos mal que logro la última camioneta, así doña Pancha no le va a pegar por venir tarde”.

Luego como a las 8:30 se escuchaba claramente en andar de damas en zapatillas, doña Tomaza comentaba entonces: “Hay vienen la Silvia y la Juana, pobres patojas, eso de cerrar tan tarde la tienda de don Fredy es duro”, cuando estas venían caminando doña Tomaza abría la puerta y sacaba una lámpara de aceite, las muchachas la saludaban muy alegres porque ella siempre tuvo ese detalle ya que la casa de las muchachas quedaba más arriba, como a 200 metros con poca o casi nada de iluminación.

Pero, después de esa hora era raro escuchar a alguien andar por esas horas, lo malo es que siempre Tomás era el primero en salir a la ventana o a la puerta para ver quien iba pasando, y siempre después de saludar preguntaba cosas como: “¿Qué anda haciendo don fulano?, ¿Para dónde va don zutano?, ¿No es muy tarde para andar en la calle don mengano?, ¿Ya anda de trasnochador don perencejo?”

Algunos respondían al saludo del muchacho y a su abuela que salía pronto a regañarlo por salir así nomás a la calle, otros simplemente lo ignoraban, porque al siguiente día el joven contaba a todo el mundo que había visto a fulano, zutano, mengano y perencejo a tales horas y a saber que andaban haciendo, otro problema que el muchacho no corregía.

Pero, justo los últimos días de noviembre de ese año paso algo que hizo que todos los habitantes del pueblito tuvieran miedo, se había escuchado el andar de un grupo grande de personas en las afueras del pueblo, muchos con preocupación pensaban que eran ladrones, otros decían que a lo mejor eran los del ejercito que andaban reclutando patojos.

No falto el que decía que a lo mejor era algún grupo de muchachos trasnochadores que iban de visita a los pueblos cercanos en busca de patojas, en fin, la gente cerraba sus puertas más temprano y no salían por nada del mundo.

Como la escena se había dado en las afueras del pueblo los que vivían en el centro como la familia de doña Tomaza no se preocupaba mucho, solo Tomás era el que se molestaba por no saber quiénes andaban haciendo saber qué cosa en las afueras.

Los fantasmas con la prenda

Llego el último viernes de noviembre, hacía un frío que calaba en los huesos, luego de las 9 de la noche todo el mundo dormía, era una noche muy oscura, no se escuchaba nada y la neblina se había posado sobre todo el pueblo, no había luz en ninguna casa, en la madrugada ni siquiera se miraba la luna por un gran grupo de nubes, ni los grillos se escuchaban, de pronto, pasos, una, dos, tres personas y más venían avanzando.

El intercambio de prenda

Doña Tomaza y Marlene que dormían en el mismo cuarto junto a Mildred se despertaron al escuchar los pasos y murmullos, era como que toda la gente del pueblo anduviera afuera y estuviera a punto de pasar frente a su casa.

Doña Tomaza iba a levantarse cuando Marlene le dijo en voz baja: “Mama no salga, no sabemos que gente sea”, Mildred no se despertó, los chuchos comenzaron a aullar a lo lejos, doña Tomaza entonces le dijo a su hija: “No mija, no reconozco la voz de nadie, no se entiende ni que dicen, parece que anduvieran rezando”.

Al terminar de decir eso a las dos damas se les helo la sangre, de la nada cayo un frío que hasta las piernas les empezaron a doler, estuvieron un rato en silencio, pero los murmullos cada vez estaban más cerca y eran muchos, entonces la matriarca con temor iba a levantarse para ver como estaban Tomás y Lencho en su cuarto cuando escucho algo que le cayó como cubetazo de agua fría en la cabeza.

“Hola, buenas noches, ¿Que andan haciendo por acá?”, era Tomás que había abierto la ventana, los murmullos eran más fuertes, voces de hombres, mujeres, ancianos y niños que en garabato aturdían los oídos de Tomaza y Marlene, “¿Para qué es eso?”.

Tomás estaba platicando con alguien, la abuela de los niños como pudo se paró y comenzó a caminar lenta y torpemente, se dirigía hacia la ventana de la calle donde su nieto estaba platicando con alguien, La pobre Marlene ni siquiera se pudo mover, apenas si pudo poner un brazo sobre su hija.

“No entiendo, ¿Cómo dice?, no entiendo” continuaba diciendo Tomás, al llegar a la sala de la casa doña Tomaza vio un resplandor que venía de afuera y a su nieto con la ventana abierta, el hielo de la muerte estaba tocando el rostro de la señora que arrastraba sus pies para llegar hasta donde estaba el muchacho, de súbito todo quedo a oscuras, el frío se aplaco, en el ambiente había olor a velas junto con otros olores indescriptibles.

La abuela jalo a su nieto, cerro de golpe la ventana, Marlene junto a los otros dos muchachos iban entrando en la pieza, Doña Tomaza iba a regañar y somatar a su nieto cuando cayó desmayada, la pobre anciana despertó al día siguiente con dolores en todo el cuerpo producto de la caída, a su lado estaba su hija y nietos, y estaban bien, todos platicaron de lo que había pasado la noche anterior.

Doña Tomaza le dio la regañada de su vida a su nieto favorito, el cual le decía a su abuela que en efecto él había salido para ver quienes andaban tan tarde en la calle pero que al abrir la puerta se quedó como deslumbrado, comenzó a hablarles, pero lo ignoraban, solo dos personas vestidas de negro le respondieron el saludo, pero que él no les comprendía, y tampoco pudo ver con detalle a los que pasaban caminando, solo a los dos que le hablaron pero no recordaba cómo eran.

Entonces doña Tomaza dijo: “Mejor si no decimos nada del asunto, porque si no van a creer que estamos locos”, a lo que Tomás dijo: “No abue, tengo pruebas de que eso si paso”.

Marlene ya fastidiada con el muchacho le pregunto a que se refería, a lo que el muchacho contesto sacando algo de su bolsa: “Uno de los señores que me respondieron anoche me dio esto, no comprendí lo que me dijo, solo entendí una palabra, PRENDA”.

El muchacho entonces mostró un pañuelo negro doblado, mismo en el que se notaba que había algo envuelto, cabe agregar que Tomás comento que no había visto lo que llevaba adentro el pañuelo debido a su preocupación por su abuela.

Prenda vela o hueso
Prenda vela o hueso

Doña Tomaza y Marlene pensaron que era una broma del muchacho por lo que le volvieron a reprender, sin embargo, el muchacho les aseguraba que no era broma, entonces la abuela tomo el pañuelo y comenzó a desenvolverlo, al abrirlo completamente el contenido desprendió un olor fétido y podrido, al ver lo que contenía la abuela pego un grito soltando el pañuelo, cayendo este y a la par un hueso pequeño.

Muchas cosas pasaron por la mente de la familia, doña Tomaza entro en pánico, recordó algunas cosas que le habían contado, agarro un trapo, con este tomo el pañuelo y el hueso mientras con su blusa se tapaba la nariz y la boca, llevo estos hasta la parte de atrás de la casa.

Tenían el fogón para cocinar, la señora prendió fuego a unos leños y cuando la llama era grande arrojo ahí el pañuelo y el hueso “La prenda”, mientras el pañuelo se quemaba muy lentamente la anciana trataba de no perder la ubicación del hueso en la hoguera, Marlene y los muchachos estaban muy asustados, la abuela incluso agarro una silla de pino y se sentó frente al fuego mientras oraba, pidiendo que nada malo le pasara a su nieto.

Las horas pasaban y el pañuelo no se terminaba de consumir, Tomaza de vez en cuando arrojaba más leña, el olor poco a poco fue desapareciendo, Marlene y los patojos estaban en la casa aún temerosos de lo sucedido, la anciana no se separaba del fuego, aunque por el cansancio poco a poco se fue quedando dormida.

Penumbra, frío, un sabor amargo en la boca, doña Tomaza despertó, mientras se despabilaba busco el fuego con la mirada, aún había un poco de llama, cuando la anciana mujer pudo ver bien sintió la muerte, ahí, entre las cenizas, iluminando la cocina por la oscuridad producida por la llegada de la tarde estaba una vela bien parada, prendida entre las cenizas y tizones, vela blanca color de hueso, con mecha muy alta que por momentos parecía bailar.

Luego entro a la casa y pregunto a su familia quien había puesto esa vela en medio del fuego, Marlene al ver a su madre alterada y desubicada de dijo: “Mama, nadie ha puesto nada, tú has estado sola en la cocina, además, si hubiera una vela en medio de los tizones ya se hubiera desecho”.

La anciana cansada y maltrecha fue acompañada por su familia hasta la cocina nuevamente, donde todos fueron testigos del fenómeno, en efecto, había una vela, la cual no se derretía a pesar de estar entre tizones agonizantes y el calor que se logra en esas estufas de ladrillo, entonces Tomaza metió la mano, agarro la vela, la saco al patio, la aplasto con el pie, le tiro piedras y la vela ni siquiera se deformaba.

La señora ya en locura tomo de nuevo la vela, camino hasta llegar a un riachuelo que pasaba a un costado del pueblo y la lanzo.

Una semana después, entre rezos, lamentos y lágrimas se había vuelto a reunir toda la familia de doña Tomaza para darle el último adiós a la matriarca de la familia, la anciana al llegar a la casa después de ir al riachuelo a tirar la prenda y hueso cayó con fiebre, convulsiones, dolores y delirios, y justo una semana después había muerto.

Marlene estaba muy trastornada, no supo decir bien a sus hermanos como fue que su madre había enfermado tanto de la noche a la mañana, un médico que fue llamado de una finca cercana no pudo hacer nada, no había en aquel entonces un sacerdote o pastor que llegara a tiempo para ayudar.

De pronto en medio de la velación Tomás estaba nuevamente haciendo lo que mejor sabía hacer, un “Shute”, preguntaba de todo a todos los que llegaban sin importar que su abuela estuviera fallecida, fue acá cuando Marlene soltó lo que se había guardado frente a sus hermanos, hablo de la imprudencia del muchacho a gritos y del fenómeno acontecido.

La gente del pueblo se retiró por pena, los hermanos la increparon, pero, por la forma en que Mildred y Lencho respaldaron a Marlene los demás hijos de la finada comenzaron a creer.

Un año después, siempre en noviembre, la familia de doña Tomaza se reunió, pero ya no solo a volar barriletes, si no para adornar la sencilla tumba de la Matriarca, esta vez los que vivían en la capital decidieron quedarse más tiempo para apoyar a sus familiares.

Llego la noche del último viernes de noviembre, neblina, nubes, frío, el viento hacia llorar los pinos en lo alto del cerro que quedaba más arriba del pueblo, murmullos, pasos, eco, expresiones indescifrables, guturales, todo era uno, los habitantes de la casa de Doña Tomaza junto a 10 familiares más entre hijos, nueras y nietos de la finada se encontraban descansando, en el cuarto de la finada estaba Marlene con dos de sus cuñadas abrazando a los niños, a los que se despertaban les decían que se taparan los oídos y se durmieran.

Entonces escucharon a Jaime, uno de los hermanos de Marlene que reprendía a Tomás diciendo: “Puta mijo no chingue”, no había terminado de hablar Jaime cuando Marlene salió del cuarto, la misma escena se repetía, Tomás por curiosidad y no habiendo quien lo detuviera abrió la puerta de la casa.

Marlene junto a dos de sus hermanos varones vieron el resplandor más allá de la puerta, vieron como pasaban de izquierda a derecha los espantos con dirección al cerro, pero entonces, un espectro paso por la puerta y se detuvo, la sombra poco a poco se fue acercando a la puerta, Marlene y sus hermanos no podían ni moverse, de pronto frente a esta sombra se pararon dos sombras más, una de estas detuvo fuertemente a la primera sombra que se había quedado inmóvil frente a la casa.

La otra de ellas tomo el brazo de Tomas, inmediatamente este cayó al suelo, y para susto de todos, por un instante pudieron ver más claramente la silueta de la primer sombra, misma que estaba siendo retenida por otro espectro, la silueta era de doña Tomaza, tenía la misma ropa con la que la enterraron, pedazos de piel le colgaban de los brazos y de la cara, tenía la boca abierta, la nariz hundida, los ojos secos hundidos y sin vida, con expresión de terror, de pronto los espectros comenzaron a confundirse con los demás que seguían pasando.

Cuando termino este fenómeno Marlene y sus dos hermanos fueron a ayudar a Tomás, pero este ya estaba muerto.

Luego de enterrar al muchacho Marlene y los muchachos que vivían en la casa de la abuela se fueron a la costa, al parecer la casa aún existe, se fue cayendo a pedazos, nadie la reclama y tampoco la visitan, los hijos y demás descendientes de doña Tomaza nunca más tuvieron experiencias con otros fenómenos.

Agradezco mucho a una de las descendientes de esta familia por contarme esta historia, aunque este relato tiene mucho parecido con la leyenda de “Los Penitentes De La Recolección” hay variantes que me hacen pensar que puede ser otra procesión fantasma, en Guatemala existen no solo “Los Penitentes”, también existe La Procesión De Los Muertos, La Procesión De Los Niños Espantos, El Espanto Entierro, Las Animas Benditas del purgatorio (Esta tal vez la única benigna de todas) y otras.

Lo único que puedo decirles de forma personal es que el problema no es que “La curiosidad mato al gato”, si no “La forma en que lo mata”.

Investigación, historia y narración: Fernando Andrade Mazariegos

Todos los derechos reservados Guatemala septiembre 2019

Imágenes tomadas de Internet con fines ilustrativos.

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